
Coleccionar es un pasatiempo melancólico. Melancólico es el proyecto de reunir objetos que se creen preciosos para después, como en un vanitas, hacer una representación del desprendimiento, es decir de ese momento de angustia donde nos sustraemos al tiempo y al espacio del aquí-ahora para medir un tiempo y un espacio que fue otro. Melancólico es este esfuerzo de reunir todo, empujados por un horror vacui, y descubrir enseguida que esta labor no tiene objeto y no tiene final. Faltará siempre la pieza con la que semejante colección pudiera concluirse, semejante montón de arena, dentro de un reloj de arena, se reduciría a su último grano.
...El coleccionista se entierra en medio de sus objetos para escapar, misántropo, al contacto inoportuno de sus contemporáneos, y disfrutar del reposo de las ruinas...
...Huyendo de los hombres, infiel a sus semejantes y demasiado poco seguro de un mundo animado que cambia muy rápido a sus ojos y le decepciona siempre, el melancólico es fiel a las cosas, al mundo duradero y silencioso de las cosas, y más aun, al culto de fragmentos y ruinas, que le aseguran que ese mundo, al menos una vez, existió.
Jean Clair, La Melancolía del Saber













ARQUEOLOGÍA MELANCÓLICA
Cuarenta y cuatro años después de la plantación de un pinar, emprendo una excavación genealógica, un acto de nostalgia: arqueología melancólica.
El inevitable paso del tiempo nos muestra los residuos de la existencia. Un pino seco, muerto: reliquia espectral llena de añoranza, inútil resto material pleno de esperanza.
En 1962 mi bisabuelo, Mariano Jesús Bueno García, compró Los Barros del Monje, una finca situada en la ribera del Guadarrama, al oeste de Madrid. La finca tenía una casa, rodeada de campos silvestres donde la tierra era madre de pinos y encinas. En 1965 Mariano Jesús plantó un pinar junto a la casa, respetando las especies autóctonas de la zona. Se plantaron cientos de pinos “Pinus Pinea”, que entonces tan solo medían unos centímetros. En 1983 nació la primera de mis primos, María Gárate Marquerie. En aquel entonces los pinos ya habían alcanzado varios metros y entre ellos habían aparecido otros. Pinos que brotaban de las raíces de la tierra, que al igual que mi prima, marcaban una nueva generación. Mi abuelo, Carlos Marquerie Marzo, empezó a colocar piedras alrededor de estos pinitos, seleccionándolos y catalogándolos, cada uno se lo asignaría a cada primo que fuese naciendo. Un propósito efusivo, no obstante una acción puramente practica de dar uso a lo irrelevante. Un rito de inclusión para los pinos ilegítimos, una herencia para sus nietos. De aquellos pinitos, hoy solo permanecen tres.
Arqueología Melancólica es un ejercicio de recordar lo perdido, un intento de hacer perdurar un acto efímero de optimismo y convertirlo en una tradición. Con paciencia y cuidado, levanto la tierra para dar con las raíces. Observo el paisaje para desvelar sus entrañas. Ahora somos catorce primos y yo trato de terminar lo empezado, resucitando lo olvidado y bautizando los rincones y las encinas, que en el 2009, encuentro en el pinar.

Pino "Pinus Pinea" Encina "Quercus Ilex"

Los Barros del Monje, 1962
Forty-four years after the planting of a pinewood, I set out on a genealogical dig, an act of nostalgia: melancholic archaeology.
The inevitable passing of time reveals the residues of existence. A dry pine tree, dead: a spectral relic full of yearning, useless
material remains full of hope.
In 1962 my great-grandfather, Mariano Jesús Bueno García, bought Los Barros del Monje, a country estate situated in the River Guadarrama Valley, to the west of Madrid. Within the estate there was a country
house surrounded by wild countryside where the earth was mother to pine and oak trees. In 1965 Mariano Jesús planted a pinewood next to the house, respecting the autochthonous species of the area. Hundreds of "Pinus Pinea" pine trees were planted; they were only a few centimetres high at the time. In 1983 María Gárate Marquerie was born, the first of my cousins. By then the pine trees had grown a few metres and in between them new ones appeared. Pine trees that were sprouting
from the roots in the ground, which like my cousin, marked the start of a new generation. My grandfather, Carlos Marquerie Marzo, started to place stones around these saplings, selecting them and cataloguing them, he then would assign each one to each new cousin as they were born. An effusive purpose on his part, however, a purely practical action of giving use to the irrelevant. A ritual of inclusion for the illegitimate pine trees, an inheritance for his grandchildren. Of those little pine trees, only three remain.
Melancholic Archaeology is an exercise of remembering the idle, an attempt to endure an ephemeral act of optimism and turn it into a tradition. With patience and care, I dig into the earth to reveal its roots. I observe the landscape to unearth its nerves. We are fourteen cousins now and I strive to finish what has been started, resurrecting the forgotten and baptising the spaces and springing oak trees, that in 2009, I find in the pinewood.
