
"Lleno de polvo. Las lágrimas formaban una masa con la mierda de mi rostro. Tú te ibas; a tus diez años te esperaban casi 2.000 kilómetros por recorrer. Dos mil kilómetros que nos empezaban a separar. Yo me quedaba y la masa de polvo y lágrimas fraguaban en mi rostro, rostro de piedra, rostro de mierda, para así ocultar la descomposición que brotaba desde mis entrañas hacia el exterior y con la que a partir de aquel día tendría que aprender a vivir."
(El rey de los animales es idiota, Carlos Marquerie)
Este texto pertenece a “El rey de los animales es idiota”, una obra de teatro escrita por mi padre tras nuestra separación a causa del divorcio de mis padres. La obra la vi en su momento, y ahora he vuelto a leer el texto. Con diez años, mi madre y yo nos trasladamos a Gales, quedándose mi padre en Madrid con su nueva mujer y mi hermano de pocos meses. Durante nueve años viviendo en Cardiff sólo veía a mi padre por vacaciones, cuando volvía de visita. Mi casa ahora estaba en Cardiff. En Madrid en aquel tiempo yo era un mero turista.
Al pasear por Los Barros, la finca donde viví hasta los diez años, me vienen a la cabeza mil historias. La que cuento yo es la de mi padre a cuatro patas después del verano juntos, la de la huella que han ido dejando los años sobre los paisajes de mi infancia. Un año paseando por Los Barros, en búsqueda de los paisajes que me unen con mi padre, tratando de imaginar los que me perdí. La historia transcurre precipitadamente y sólo se constituye con la distancia. Yo, ahora, reconstruyo nuestros paisajes. Paisajes como registro de un tiempo, del paso del tiempo y como alegorías de mi ausencia.
















